Tren de cercanías

Rechacé el diario que me ofrecía el repartidor y subí al tren con la esperanza de tener un viaje tranquilo. El estrés vendría luego, en el trabajo.

En seguida, se llenó mi compartimento. El tío de gafas de enfrente, jugaba a coches de carreras en su móvil. A su lado, una tipa trasteaba el suyo, con auriculares en los oídos. El que se sentaba a mi izquierda, hablaba por teléfono. Con cada «espera, no te oigo» tenía la pequeña esperanza de que se cortara la llamada.

Más allá, en otro compartimento, con la cabeza apoyada en el cristal de la ventanilla, dormía una joven magrebí. Al final del vagón, otra joven observaba su entorno (como lo observaba yo) y, de vez en cuando, me miraba. Tenía una hermosa melena de pelo rizado, sedoso.

Quedó libre su compartimento y ocuparon su espacio tres señoras que, más que hablar, voceaban. Y lo hacían desconsideradamente, dándole a la chica una de las peores brasas que se puede sufrir en un transporte público.

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Importunado por la nueva charla, que resonaba por todo el vagón, el que se sentaba a mi izquierda —el de «espera, no te oigo»— había elevado el tono de su conversación. Daba igual, molestaban muchísimo más las marujas de vidas miserables y de coños desiertos. Ni sus panzudos maridos las soportaban y venían a joder al tren de cercanías.

Impotente, no tuve más remedio que sacar mis auriculares y ponerme música a todo volumen. Pese a la escandalera, la magrebí seguía con los ojos cerrados. Para no ver el rostro de la chica de cabello rizado, yo también cerré mis ojos. Pero no descansaba: sufría por aquella chica. Menuda brasa estaba soportando.

Me habían jodido el viaje esas tipas, y no era la primera vez que ocurría. Un día me cogieron sin auriculares. Otro día ocuparon, las tres, mi compartimento. Me faltó entonces el valor para mudarme; de la misma manera que me faltaba, en ese momento, para levantarme y aconsejarle a la hermosa chica que cambiara de vagón. Uno siempre teme que lo tachen de borde, descortés, provocador.

Las estaciones se sucedían. Subía y bajaba gente. En los asientos libres, se iban amontonando intactos los periódicos que te regalan cuando has marcado el billete.

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